Por: Edwin Ortega Ospina- Director A Todo Deporte
Cuenta la historia que el tatuaje tiene más de 5.000 años de antigüedad. Igualmente, que se ha practicado en diversas culturas de todo el mundo como un ritual, amuleto o marca social.
El fútbol no es la excepción. Los tatuajes forman parte de una cultura popular donde jugadores y fanáticos usan su piel para mostrar pasiones, historia y devoción.
De igual forma, y lejos de ser una simple moda estética, en el mundo del fútbol constituyen una forma de narrar biografías, expresar pertenencias, proyectar creencias y construir marcas personales.
Jugadores como Lionel Messi, Neymar Jr., Sergio Ramos, Arturo Vidal, Memphis Depay, Tévez, Ibrahimovic o los ecuatorianos Enner Valencia y Joao Rojas, entre otros, se han dejado tentar por este fenómeno cultural.
Pero esta historia tiene un protagonista diferente. No es un futbolista. Es un periodista deportivo, árbitro de fútbol y creativo de una iniciativa que busca que la pelota ruede acompañada de respeto, convivencia y juego limpio. Se llama Roosevelt Castro Bohórquez. Y tiene tatuada una tarjeta verde.
Roosevelt y la Tarjeta Verde
Roosevelt y su Tarjeta Verde no se quisieron escapar de esta práctica cultural. El periodista deportivo, creativo de esta iniciativa para premiar el juego limpio, no lo hizo por moda.
“Me quise tatuar mi Tarjeta Verde, no solo para dejarla en mi cuerpo, sino sentirla cercana a mi alma”, afirma el también árbitro de fútbol, perteneciente a la Corporación Colegio de Árbitros de Fútbol de Antioquia, Arbiantioquia.
Todo empezó hace más de dos años. “Yo veía a Messi cómo dibujaba en su piel ese amor por la familia y también por el fútbol. Asimismo, y casi que simultáneamente, mi sobrina Mariana daba sus primeros trazos en este fascinante mundo del tatuaje. Hoy, la ya conocida como Suko Ink, es una mujer respetada en este ámbito. Eso me animó a decirle que quería uno y logramos concretarlo, pero dos años”, manifiesta el ensayista y escritor de varios libros futboleros, entre los que se cuentan Atlético Nacional, yo te traje al mundo y Crónicas vestidas de Negro.
Pero faltaba algo. El momento. El día. El ritual. Y llegó el 14 de septiembre de 2026.
Dos rituales
La tarde calurosa tenía olor a incienso, a recogimiento, a fe.
Multitud de creyentes asistían a las misas que cada hora se programan en la Iglesia de San Clemente, como homenaje al Señor de los Milagros.
El ritual católico y cristiano se realiza los días 14 de cada mes, desde hace varios años. Los habitantes del barrio Los Colores, de Medellín, y otros creyentes de lugares cercanos, se acercan al templo ubicado en las cercanías de la Cuarta Brigada, al occidente de la ciudad.
La guarnición militar sirve de testigo mudo y especialmente de seguridad para la gran cantidad de fieles.
Roosevelt estaba allí. Quizás sin imaginar todavía que unas horas después viviría otro ritual completamente diferente.
Casi al frente del lugar católico y cristiano estaba ubicada la casa de habitación que sirve de “oficina”, donde Suko Ink realiza su magistral trabajo.
Y allí estaba la cita con la tinta, con la aguja, con la piel y con la Tarjeta Verde.
Ese mismo día Roosevelt asistió a dos rituales: la misa y la cita con su primer tatuaje.
“Sí, era la primera vez para mí”.
La frase parece sencilla, pero detrás de ella había expectativa, nervios y, sobre todo, una enorme carga emocional.
En la iglesia, había estado frente a una imagen que para miles de creyentes representa fe y devoción. Ahora estaba frente a otra imagen: Una pequeña tarjeta verde.
Pero esta vez la imagen no estaba en un altar, iba a quedar sobre su propia piel.
Comenzó el segundo ritual
Las manos de Suko Ink comenzaron a trabajar. La aguja entraba y salía una y otra vez. Milimétricos trazos iban construyendo aquello que Roosevelt había imaginado durante tanto tiempo.
Y entonces apareció una sensación difícil de explicar. El nerviosismo inicial comenzó a mezclarse con la emoción. No era simplemente hacerse un tatuaje. Era tatuarse una historia. La historia de una idea, de una lucha, de una manera diferente de mirar el fútbol.
“Me quise tatuar mi Tarjeta Verde, no solo para dejarla en mi cuerpo, sino sentirla cercana a mi alma”, reitera el periodista deportivo agremiado a la ACORD Antioquia, al CIPA, al Club de la Prensa y a la Mesa de Medios de Medellín.
Quizás esa sea la diferencia.Hay personas que se tatúan un recuerdo; otros, un nombre; otros, una fecha, algunos, un amor. Roosevelt se tatuó una convicción.
De la iglesia a la piel
Dos lugares.Dos ambientes. Dos rituales. En uno, las manos se juntaban para orar. En el otro, las manos de Suko Ink sostenían la herramienta que convertía la tinta en símbolo.
En la iglesia, Roosevelt observaba. En el estudio, cerraba los ojos por momentos y soportaba la aguja con paciencia y sin temor.
En ambos escenarios había algo en común: la fe, una fe religiosa en el primero, una fe en el fútbol, en la convivencia y en el juego limpio, en el segundo.
La diferencia estaba en el lugar donde quedaría la marca.
Una imagen venerada permanecería en su memoria y la Tarjeta Verde permanecería en su piel.
Una tarjeta que deja de ser tarjeta
Cuando el trabajo terminó, llegó el momento de mirar. La piel estaba marcada. La tarjeta estaba allí, verde, pequeña, pero cargada de significado.
Roosevelt la contempló, ya no era un dibujo, ya no era solamente el símbolo de una iniciativa...ahora formaba parte de él.
Durante años había hablado de la Tarjeta Verde. La había escrito. La había explicado. La había defendido. La había llevado a escenarios relacionados con el fútbol.
... Ahora la llevaba literalmente consigo.
Y quizás por eso aquel tatuaje tenga una lectura diferente. No se trata de una decoración. Es una declaración. Una declaración silenciosa. Una que no necesita micrófono, cámara, entrevista, ni cancha.
Está ahí, sobre la piel.
El ritual continúa
Los rituales suelen terminar cuando concluye la ceremonia, pero este no, porque el tatuaje apenas había comenzado su historia.
Cada vez que Roosevelt lo mire, volverá a aquel 14 de septiembre.
Recordará la Iglesia de San Clemente, al Señor de los Milagros, la misa, a Suko Ink, los nervios de la primera vez, y , sobre todo, por qué decidió hacerlo.
Dos rituales en un mismo día. Uno para alimentar la fe. Otro para dejar una convicción en la piel. Uno frente a una imagen religiosa. Otro frente a una tarjeta verde.
Dos experiencias diferentes que terminaron encontrándose en un mismo punto: aquello que cada ser humano decide llevar consigo. Roosevelt escogió llevar el juego limpio.
Y esta vez no lo lleva solamente en sus palabras, lo lleva en la piel, en el alma, consigo.
Porque algunas historias se escriben con tinta sobre papel, otras se escriben con recuerdos y hay unas pocas que, como esta, terminan escribiéndose sobre la piel.
Roosevelt tiene tatuado el juego limpio.
... y ahora tendrá que llevarlo, también, en cada acto.

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