Por: Edwin Ortega Ospina- Director A
TODO DEPORTE
El fútbol siempre ha sido más que
goles y victorias. Es un escenario donde se reflejan valores, tensiones y hasta
contradicciones de la sociedad. En medio de esa complejidad, la tarjeta verde
aparece como un símbolo con múltiples significados: en su origen, un gesto
pedagógico para premiar la honestidad; en su aplicación reciente, una
herramienta tecnológica para garantizar justicia arbitral.
Hace más de tres décadas, el
periodista y árbitro antioqueño Roosevelt Castro Bohórquez ideó la tarjeta
verde como un recurso para educar a los niños en valores. No se trataba de
sancionar, como lo hacen la amarilla o la roja, sino de exaltar el respeto, la
nobleza y el juego limpio. Su motivación era clara: contrarrestar la violencia
que comenzaba a permear el fútbol y enseñar que ganar no debía ser a cualquier
costo. Con una pequeña lámina que contenía mensajes éticos, Castro convirtió un
simple cartón en una lección de vida que viajó más allá de Medellín y terminó
llegando a torneos en Italia, Argentina, España, Japón y varios países de
América Latina.
Esa misma tarjeta verde, con otro
significado, reapareció en el Mundial Sub-20 de Chile en 2025. Allí, bajo el
sello de la FIFA, no fue un símbolo pedagógico, sino una herramienta
reglamentaria: se usó como acceso al Football Video Support (FVS), un sistema
alternativo al VAR que permite a los entrenadores pedir revisiones en jugadas
polémicas. La primera vez que se aplicó en el torneo fue para anular un penalti
mal sancionado a Marruecos en su duelo frente a España.
En este escenario, la tarjeta verde ya no
premió virtudes humanas, sino que garantizó la corrección de malas decisiones arbitrales.
Podría parecer que son dos historias
distintas. Una que habla de valores, otra de tecnología. Pero en realidad ambas
convergen en el mismo propósito: proteger la esencia del juego limpio. La
propuesta de Castro Bohórquez busca que
los niños aprendan, a través del ejemplo, que la honestidad es tan importante
como el talento. La FIFA, al adoptar la tarjeta como recurso reglamentario,
busca que el fútbol mantenga su credibilidad y que los resultados no se vean
empañados por errores injustos.
La riqueza de este símbolo está en su
doble rostro. Para unos, es memoria de un árbitro antioqueño que soñó con un
fútbol más humano; para otros, es la llave de la justicia deportiva en un
campeonato mundial. Ambas versiones dialogan y se complementan: una mira a la
formación de valores desde la infancia, la otra garantiza que el
profesionalismo no pierda su rumbo.
El riesgo, claro, está en que la
dimensión pedagógica se diluya en medio de lo técnico. La tarjeta verde no
puede ser reducida solo a un recurso reglamentario; debe conservar la
inspiración original que le dio vida: el reconocimiento de la nobleza en el
deporte. Porque el triunfo más grande del fútbol no es levantar una copa, sino
mantener viva la dignidad del juego.
En definitiva, el legado de Roosevelt
Castro Bohórquez trasciende fronteras y significados. Su tarjeta verde, tanto
en los pies de un niño que aprende a respetar al rival como en las manos de un
árbitro que busca justicia, nos recuerda que el verdadero ganador es siempre el
juego limpio.


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